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Punto de partida

De una camilla plegable a tener su consultorio: la historia de Aracely Gajardo

De una camilla plegable a tener su consultorio: la historia de Aracely Gajardo

Partió llevando en micro, encima de un carrito de feria, una camilla de fierro de 20 kg desde su casa en Maipú hasta sus sesiones a domicilio de masoterapia en Huechuraba. Hoy en día tiene una consulta de estética integral donde ofrece cerca de 16 servicios distintos.

Por: Carla Salinas | Publicado: Sábado 6 de agosto de 2022 a las 04:00
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En la pared izquierda de la entrada de su centro de estética integral en Maipú, Aracely Gajardo (33) tiene colgados ocho cuadros que enmarcan diversos diplomas, títulos, cursos y reconocimientos.Cinco de ellos llevan su nombre. El resto son de su marido, Raúl Araya (36), y de la masoterapeuta que antes trabajaba en su consulta.

“Yo soy kinesióloga de profesión, masoterapeuta, técnico en enfermería y secretaria en relaciones públicas”, dice con orgullo la emprendedora. Está sentada en el sillón principal de la recepción de su centro.

La consulta tiene dos boxes: en uno de ellos atiende principalmente a pacientes postoperatorios de cirugías plásticas y en el otro realiza las atenciones kinesiológicas. En el mesón central de la recepción hay un difusor de madera que expele un suave aroma a flores.

“A mí me encantan los olores, porque es la primera impresión de la gente que viene”, comenta.  

Aracely fue mamá a los 15 años. Cuando nació su primera hija, Valentina, decidió ponerse a trabajar lo antes posible para “empezar a generar lucas”. Salió del colegio técnico profesional y tomó un curso de cuidadora de enfermos. Junto a su marido trabajaron en todo lo que pudieron para generar ingresos y mantener a su familia. Cuatro años después de la primera, nació su segunda hija, Fernanda, quien fue diagnosticada con apnea. Al menor de sus tres hijos lo llamaron Emilio.

“Mi primer acercamiento a la kinesiología fue conocer al profesional que le hacía las técnicas para tratar a la Fernanda”, cuenta. Decidió aprender cómo hacerle drenajes a su hija, cómo acostarla y darle los medicamentos.

Años después, esos conocimientos la llevarían a entrar a estudiar Kinesiología en la Universidad de las Américas el 2014. Cargadores, cables, carcasas y lápices, son algunos de los materiales que Aracely llevaba en un bolso para vender en la universidad. “Me decían ‘la Matute’ porque vendía de todo”. Hasta que en segundo año de carrera un profesor decidió confiarle una paciente en Huechuraba para hacerle drenajes con masajes. 
 

La primera paciente y camilla

Mónica es el nombre de su primera paciente, y tuvo que ir a atendarla desde Maipú hasta Huechuraba. Aracely dejaba a sus hijos en una plaza afuera de su casa mientras la atendía.

Le cobraba 15 mil pesos. “Así fue como empecé y, como no tenía recursos, tuve que ahorrar para comprarme una camilla, que estaba viejita”. A Raúl se le ocurrió transportarla encima de un carrito de feria para llevarla en la micro. Ambos recuerdan que era plegable y pesaba 20 kg.

“Muchas veces se me cayó e incluso me dio tendinitis cargándola”, recuerda Aracely.
En ese tiempo trabajaba de lunes a lunes y se puso como meta atender a diez pacientes diarios para no llegar sin ese ingreso a su casa. Con eso pagaba las cuentas, los materiales para el colegio de sus hijos y cargaba su pase escolar para seguir estudiando y trabajando.

Hasta que, hace seis años, una vecina, Alicia Ramírez, le comentó de la existencia de Fondo Esperanza. Le dijo que todas las mañanas la veía pasar con su carrito y le contó que, si se “portaba bien”, en este grupo le darían préstamos de distintos montos.
 

El préstamo que lo cambió todo

“Estoy cansada, necesito comprarme algo para aliviar mi cansancio”, le confesó Aracely a su esposo. Justo antes había visto una máquina de masajes. Decidió ir donde su vecina para preguntarle si aún podían ingresar al Fondo Esperanza. Juntó todos los papeles y la citaron a una reunión.

Su primer préstamo fue de $ 170.000, con los que adquirió su nuevo y primer implemento de trabajo, que le permitió aliviar el dolor de sus manos. Gracias a la máquina pasó de cobrar 15 mil a cobrar 25 mil pesos. A partir de ahí no paró e invirtió cada préstamo de la manera más inteligente posible, según cuenta.

“Con la pandemia se me cortaron las manos”, recuerda Aracely. Debido al confinamiento, estuvo obligada a dejar de atender a domicilio. Después de enviar su currículum a 24 lugares diferentes, la contrataron como personal de salud de emergencia en el Hospital El Carmen.

En un comienzo la dejaron como auxiliar de servicio y luego la nivelaron con distintos cursos para trabajar como técnico en enfermería. A pesar del cansancio, Aracely dice haber conocido la tranquilidad de la solvencia económica durante esa época. Ahorró con lo que ahora ganaba trabajando y con los retiros de fondos de pensiones, sumado a un recrédito de Fondo Esperanza que se venía, abrió su primera consulta el 5 de octubre de 2021, que tenía un box de atención.

Duró 20 días en esa oficina. “Hija, esta consulta te quedó chica”, le comentó Lorena Cornejo, una de sus pacientes más antiguas. Con las palabras de Lorena decidió llamar a su corredora para saber si tenía algún lugar más grande para ofrecerle, y así fue como llegó al que atiende hoy en la calle General Ordóñez, en Maipú.

“Todo esto lo hicimos con el Fondo Esperanza apoyándonos. Todas las máquinas que nosotros tenemos son en base a los fondos”, asegura.

Hoy en día la consulta de Aracely es atendida por ella y Raúl, que también es masoterapeuta, y ofrecen 16 distintos servicios, desde masajes descontracturantes hasta depilación láser. “Fondo Esperanza fue el impulso para desarrollarme como mujer. Gracias a ellos puedo estar tranquila. Fue la única entidad que creyó en mi emprendimiento”, recuerda. 

-¿Qué le diría la Aracely que tiene esta consulta a la que transportaba su camilla en la micro?
Se toma cinco segundos, y emocionada responde:
-Que lo logró. 

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