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La población rusa, entre la propaganda y el horror

La población rusa, entre la propaganda y el horror

Los que pueden huyen, pero no son la mayoría. Putin todavía cuenta con apoyo de parte importante de la población rusa, especialmente entre aquellos que solo reciben noticias por los canales controlados por el Estado. Los más jóvenes, habitantes de las redes sociales, se debaten entre luchar o huir.

Por: Marcela Vélez-Plickert | Publicado: Sábado 19 de marzo de 2022 a las 04:00
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Alina evitó salir de su pequeño estudio en una residencia universitaria por más de una semana. Su encierro comenzó el día en que Rusia, su país natal, o más bien el gobierno de éste, decidió invadir Ucrania.

“La culpa es demasiado grande… No es solo culpa, también vergüenza”, dice en voz baja, tratando de que sus palabras pasen desapercibidas en medio del bullicio de un café universitario en el corazón de Londres.

Es miércoles, y han pasado 20 días desde el inicio de los ataques. En la universidad en la que estudia se prepara una vigilia por Ucrania. Ha tomado la decisión de asistir. Sabe de otros jóvenes rusos que también irán. En parte para reclamar que no todos los rusos apoyan la guerra, en parte para compensar la culpa que sienten por, como sociedad, haber permitido la continuidad del régimen cada vez más autocrático de Vladimir Putin.

Alina, de 23 años, decidió volver a clases cuando comenzó a escuchar de los miles de jóvenes huyendo de Rusia, manifestando su rechazo a las acciones de Putin. La noche anterior, en Estambul, el popular rapero ruso Miron Yanovich Fyodorov, conocido como Oxxxymiron, había organizado el primero de una serie de conciertos bajo el nombre “Rusos contra la Guerra” en beneficio de las víctimas en Ucrania, recaudando US$ 30.000 en una noche.

El segundo concierto será en Londres, el próximo jueves. Otros artistas han seguido sus pasos. El icónico bailarín y coreógrafo Mikhail Baryshnikov, quien desertó de la URSS hace 50 años, el escritor Boris Akunin y el economista Sergey Guriev han creado la plataforma “True Russia”, para dar voz a los rusos que se oponen a la guerra y recolectar donaciones para las víctimas.

Según Oxxxymiron, en realidad son millones los rusos que se oponen a Putin y a la guerra, pero no tienen medios para expresar su repudio debido a la censura.

Desde el 4 de marzo, toda persona que contradiga la versión del Kremlin sobre lo que pasa en Ucrania arriesga 15 años de prisión. La organización de derechos humanos OVD-Info afirma que unas 15.000 personas ya han sido detenidas desde entonces por protestar, a veces tan solo parándose en la calle sosteniendo un papel en blanco.

No todos pueden ser héroes

Desde que Putin asumió el poder hace 22 años, periodistas y políticos opositores han sido encarcelados, expulsados, envenenados o asesinados en plena calle.

El escenario para quienes protesten es aún más siniestro desde el pasado jueves, cuando el presidente ruso, Vladimir Putin, anunció una “necesaria auto purificación de la sociedad”. Los rusos que no apoyan a Rusia -declaró Putin- son “escoria y traidores” que la sociedad “escupirá”.

“Ustedes son mis nuevos héroes”, declaró horas después Arnold Schwarzenegger sobre quienes protestan en Rusia, en un viral mensaje que, si bien tenía como destino a los rusos, el bloqueo de redes sociales y sitios de internet dificultarán su cometido.

Pero no todos pueden ser héroes. Activistas, periodistas, artistas y simples personas que saben que sus ideas y opiniones pueden poner en riesgo su vida y la de sus familias han cruzado por miles a diario las fronteras rusas.

No hay cifras oficiales. Gobiernos de ciudades fronterizas a Rusia reportan ya decenas de miles de nuevos habitantes: 30.000 arribos en Finlandia, vía el tren que une a San Petersburgo con Helsinki; unos 80.000 ya instalados en Armenia; el municipio de Tbilisi, en Georgia (que vivió su propia invasión rusa en 2008) contabiliza unos 25.000 arribos de rusos en la ciudad.

Otras decenas de miles han arribado a Estambul, Belgrado y Osh (Kirguistán), pues pueden ingresar sin visas, y todavía hay vuelos. Aquellos con más ingresos huyen vía Dubai o Doha.

El periodista británico Felix Light escogió Biskek, la capital de Kirguistán, como destino. Su vuelo del 3 de marzo -relata- estaba lleno de familias moscovitas y jóvenes. “Quienes han salido hasta ahora es más bien una demografía joven, educada, con capital disponible”, explica Light, quien todavía llama a Moscú su hogar.

Con los bancos más grandes bajo sanciones y Visa, Mastercard, Apple Pay y Paypal fuera de Rusia, millones se quedaron sin poder acceder a su dinero, y los demás vieron caer el rublo y su poder adquisitivo un 40% de la noche a la mañana.

Eso explica que si bien ya se puede hablar de un éxodo ruso éste no llegue a todavía los millones de personas. El jueves, el más barato de los vuelos que se podían conseguir era a Osh, por unos US$ 200 o casi 21.000 rublos, poco más de un tercio del ingreso promedio ruso. Un ticket a Estambul o Dubai alcanzaba hasta los US$ 4.000.

“¿Por qué no me creen?”

Pero todavía son muchos lo que creen en Putin y su discurso. Incluso sin tomar en serio las encuestas influenciadas por el poder del Kremlin, Light asegura que “no todos desaprueban lo que está pasando. Putin tiene aún bastante apoyo”.

Estos son los rusos que creen que sus compatriotas son víctimas de genocidio en Ucrania; que el gobierno ucraniano es un títere de EEUU y ha prestado su territorio y soldados para preparar un ataque (nuclear y con armas químicas) contra Rusia, que Rusia es pacífica y solo protege a los suyos en una “operación militar” que busca “neutralizar” objetivos militares ucranianos.

No es cierto que las bombas rusas destruyeron una maternidad ni un teatro que alojaba civiles, incluidos niños, en la sitiada ciudad-puerto de Mariúpol. No es cierto que las bombas rusas apuntan con cada vez más intensidad a edificios residenciales. Tampoco que han muerto unos 4.000 civiles, incluyendo más de un centenar de niños. Tampoco son ciertas las bajas rusas, especialmente de jóvenes soldados y conscriptos, que ahora se cuentan por miles. No hay cifras oficiales, porque todas son “fake news”.

“Yo les he dicho (a mis padres) todo lo que he visto. Los niños, la destrucción, las familias. Pero no me creen que somos nosotros los agresores. ¿Por qué no me creen a mí?”, dice Alina con algo de desesperación.

La familia de Tatyana M. en Moscú tampoco le cree. “No es que apoyen a Putin, ni que estén de acuerdo con la guerra, pero no creen que sea verdad lo que les cuento de lo que pasa en Ucrania”, relata esta abogada que vive en un residencial barrio al oeste de Londres desde hace más de una década, y que tiene familiares en ambos países.

“Lo más loco para mí es que tampoco le creen a nuestra familia en Ucrania. Mi prima ya logró salir de Kiev, pero cuando estaba en un refugio subterráneo, lo contaba y en Moscú no le creían”, explica.

Ella lo atribuye a la propaganda. “Mis padres y sus vecinos solo ven la televisión estatal”, afirma, con una mezcla de resignación y vergüenza.

Y la propaganda, explica Light, se ha vuelto cada vez más intensa, “menos sutil”. Eso se refleja en la frecuencia de mensajes del propio Putin a la ciudadanía. “Putin no es como Hugo Chávez, no es alguien que esté siempre al aire. Usualmente tiene un mensaje anual, en el verano, en el que personas comunes incluso le pueden hacer preguntas. Pero, por lo demás, la propaganda es del Estado a través de los canales y programas”, explica Light.

A modo de introspección, el periodista, ya de vuelta en Londres, compara la creciente represión y censura como “las ranas en una olla, que no saben que están siendo cocinadas… hasta que es muy tarde”.

Se refiere así al creciente número de periodistas extranjeros que fueron expulsados del país en los últimos años, o que han recibido “visitas” y advertencias de las autoridades.

Más que un cartel

Marina Ovsyannikova ya está libre tras su irrupción en Channel One, televisión nacional, luego de una multa de poco más de US$ 200. Pero el periodista Felix Light cree que no es el fin de la historia: “ella definitivamente no está a salvo”.

Lo que vemos hoy en Ucrania viene gestándose desde hace años. Al menos, el Kremlin comenzó a trabajar en “sensibilizar” a la población rusa respecto al supuesto peligro que representa una Ucrania cercana a Occidente desde 2014, tras anexar a Crimea.

El académico de King’s College London, Maxim Alyukov, ha estudiado el uso de la propaganda de parte del Kremlin y cómo en la televisión en los últimos ocho años ha aumentado la cobertura sobre el conflicto con Ucrania, usualmente acompañado de imágenes violentas y de sufrimiento. En su estudio publicado en enero pasado, Alyukov identifica una campaña de “desmovilización política” de los ciudadanos, producto de la permanente propaganda.

“En estas condiciones, muchos ciudadanos, aunque no apoyan al régimen en sí, simplemente no desafían el equilibrio autoritario”, concluye Alyukov.

Uno de los principales -si acaso no el principal- medio de propaganda es Channel One. Cuando el mundo recibió las imágenes de la maternidad bombardeada en Mariúpol, los periodistas de Channel One aseguraron que “nazis ucranianos han impedido la evacuación de civiles” y “los ucranianos disparan a su propia gente y usan civiles como escudos humanos”.

Esta última declaración la hizo Ekaterina Andreeva, quien desde hace 24 años lee las noticias en Vremya, el noticiario prime de Channel One, el canal más visto de Rusia. Este es el mismo canal de televisión que controlaba el magnate Boris Berezovsky en la época de Boris Yeltsin.

Según el propio Berezovsky fue él quien encargó a periodistas de Channel One crear la imagen pública del joven Vladimir Putin en 1999, entonces un desconocido para la audiencia rusa, pero escogido por Yeltsin y su círculo cercano como primer ministro. También, según Berezovsky, cuando cayó en desgracia con Putin en 2001, el gobierno lo obligó a vender sus acciones a Roman Abramovich.

Por su parte, Andreeva se ha declarado abiertamente una “funcionaria del Estado”, aunque asegura que no miente. Para sus colegas periodistas y para los opositores al régimen creado por Putin, su rostro es el rostro de la maquinaria de propaganda controlada por el Kremlin.

De ahí que el que Marina Ovsyannikova haya escogido el programa de Andreeva para irrumpir en vivo con un cartel que leía “no a la guerra, no creas la propaganda, aquí te mienten”, tenía un significado especial.

Ovsyannikova era editora también de Vremya en Channel One. Nacida en Odessa, Ucrania, ha pedido disculpas por colaborar con la propaganda de Putin durante los últimos 22 años. Por ahora, tras su irrupción en televisión nacional, está libre, tras una multa de poco más de US$ 200. Pero el periodista Felix Light cree que no es el fin de la historia: “ella definitivamente no está a salvo”.

Sin embargo, y a pesar del eco que tuvo su gesto, y con el cual ella espera alimentar las protestas, Light ve muy difícil que surja una fuerte oposición que logre un cambio real en Rusia. Para comenzar, el principal líder de la oposición, Alexey Nalvany, enfrenta una pena de prisión por 13 o 15 años. “El ambiente es tan represivo, tan autoritario, que no me puedo imaginar que se logre articular una oposición efectiva”, reflexiona Light.

Por eso mucho prefieren irse. No Marina Ovsyannikova. La periodista de 44 años, madre de dos hijos, sabe que todavía puede ser enviada a prisión por 15 años. En entrevistas dadas tras su liberación el pasado miércoles, Ovsyannikova insistió en que no dejará el país.

“Los que criticamos esta guerra no somos escoria, no somos traidores, somos ciudadanos”, afirma y con una compostura admirable reconoce que su joven hijo le reclama haber destruido la vida de su familia con la protesta.

Acto seguido detalla su respuesta en un mensaje que se siente no es solo para su hijo, sino para todos los rusos, y para todos en realidad, dice: “En la vida tienes que tomar decisiones que son complicadas, pero sobre todo debemos poner un fin a esta guerra fratricida, tenemos que terminar esta locura antes de llegar a una guerra nuclear”.

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