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Personajes

Nano Demaria y el accidente que lo dejó tetrapléjico: “Me tuve que reinventar; mi cabeza estaba buena, pero ya no mi cuerpo”

Nano Demaria y el accidente que lo dejó tetrapléjico: “Me tuve que reinventar; mi cabeza estaba buena, pero ya no mi cuerpo”

Competía en enduro, pero una mala caída le cambió la vida hace 13 años. Hoy organiza eventos deportivos, se ha convertido en un fenómeno en redes sociales contando su historia -en Instagram tiene 1,2 millones de seguidores- y ha dado más de 30 charlas motivacionales. Ahora agregará talleres online.

Por: Patricio De la Paz - Foto Pablina Salinas | Publicado: Sábado 15 de marzo de 2025 a las 04:00
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Nano Demaria (32) está en el living de su departamento, posando para las fotos de esta entrevista. Mira de frente, hacia el lado, por momentos sonríe. Lo hace con total naturalidad. La misma con que mueve su silla de ruedas eléctrica, la que le permite trasladar su cuerpo - inmóvil del pecho hacia abajo- luego de que en 2012 un accidente en moto en una competencia deportiva en Talca lo dejó con tetraplejia.

Era seleccionado en enduro, de los buenos: con copas y trofeos ganados en torneos internacionales, en México, en Finlandia. Tenía planeado ir a perfeccionarse a EEUU. Pero esa caída en la pista hace exactos 13 años, a principios de marzo, le cambió radicalmente los planes. Le dio vuelta entera la vida.

Estuvo grave, con riesgo de muerte, pero sobrevivió. Hubo múltiples cirugías. Comenzó un largo e intenso proceso de rehabilitación -primero en Santiago, luego en Viña-, al mismo tiempo que él se prometió a sí mismo no darse por vencido. Ir avanzando con metas cortas: sentarse en la cama, fortalecer el cuello, mover los hombros, los bíceps. Enfocarse en lo que podía hacer a partir de entonces y no lamentarse por lo que quedaba atrás, perdido, irrecuperable. 

Hoy se muestra satisfecho al enumerar los resultados de ese esfuerzo, que a ratos era pura porfía: estudió Ingeniería Comercial en la universidad, empezó a practicar deportes como el buggy -siempre vigilado y con las adecuaciones necesarias al vehículo-, se unió a la empresa de su padre que organiza eventos deportivos -donde hoy es gerente general-, incluso maneja su propio auto, donde se relaja escuchando canciones de Arjona o de Juanes. 

El 2022, además, entró a las redes sociales para contar su historia y su día a día, con luces y sombras. Sin esquivar ningún tema. Se convirtió en un fenómeno: en Instagram, hoy lo siguen 1,2 millones de personas y cada uno de sus posteos explotan en likes y comentarios. Esa vitrina hizo que lo empezaran a llamar, principalmente empresas, para hacer charlas motivacionales. Calcula que ya ha dado más de 30. Y tiene varias agendadas para los próximos meses. Además, está por comenzar a dictar talleres online, para grupos de hasta 40 personas que semanalmente, durante hora y media, quieran reflexionar sobre resiliencia, metas, oportunidades. 

Se convirtió en un fenómeno: en Instagram, hoy lo siguen 1,2 millones de personas y cada uno de sus posteos explotan en likes y comentarios. Esa vitrina hizo que lo empezaran a llamar, principalmente empresas, para hacer charlas motivacionales.

La vida te cierra y te abre puertas. De los malos momentos uno aprende y se puede reinventar. En mi caso, diría que se han abierto puertas más que cerrado. Se me cerró la del deporte de alta competición en las motos, que era lo que me apasionaba. Pero me abrió la de poder estudiar, me enseñó que no era un gil ni un tonto. Y a pensar en cosas distintas, como las charlas por ejemplo, porque antes yo era sólo motos, motos, motos”, comenta, mientras fuma vapor en un cigarro electrónico. “Sí, me tuve que reinventar, porque mi cabeza estaba buena, pero ya no mi cuerpo”.

“La gente empatiza”

“Estoy en un muy buen momento de mi vida -dice Demaria-. Estoy pololeando hace poquito, después de estar dos años soltero. Fue sorpresivo, algo que no esperaba, pero necesitaba. Están también las charlas, que quiero llevarlas a otros países, y voy a empezar luego con los talleres online, que estoy terminando de armar. Sigo creciendo las redes sociales. Y además tengo pega estable con la organización y marketing de eventos en la empresa que mi viejo armó hace más de 20 años. Así que la flechita va para arriba”.

-¿Hay algo que ensombrezca este buen momento?
-Diría que la única cosa es que tengo un dolor de espalda que me agobia todos los días. Partió como hace cinco años y ha ido empeorando. No se sabe bien por qué. Podría ser un dolor neuropático u otra cosa. Me he operado la columna, los discos, he hecho todo y no han encontrado qué pasa… Hoy la molestia es permanente, a veces me caga el ánimo, pero yo no dejo que interfiera demasiado en mi vida.

Nano Demaria es así, optimista. “Se trata de ver el vaso medio lleno”, repite varias veces. Aunque no siempre fue así después del accidente. Hubo momentos sombríos. Cuenta que pasó dos o tres años en que sentía vergüenza. Por tener que pedir ayuda para todo, por haber perdido autonomía. Casi no salía de su casa. “De golpe pasaste de ser el tipo de las motos a quedar en silla de ruedas”, comenta. Hasta que se dio cuenta que nada de lo que estaba viviendo era culpa suya, que él no lo eligió, que simplemente ocurrió. “Nunca debí avergonzarme”, reflexiona. Y desde entonces, con esa convicción, todo empezó a ir mejor. 

En la universidad, como no podía escribir -ya que no tiene movimiento en los dedos-, aprendió a sacar todos los cálculos mentales y después le dictaba los resultados a quien lo asistía. “Todo estaba en mi cabeza”, dice, orgulloso. Terminó como uno de los tres mejores alumnos de su promoción. Fue en esos años, a mediados de los 2000, que le pidieron su primera charla. Fue en la propia universidad, frente a 300 personas. “Yo estaba súper nervioso. Me pidieron contar mi historia, dar mi testimonio. Recuerdo gente llorando, muy emocionada. Ahí me di cuenta todo lo que esto le servía también a otros”. 

Lo mismo volvió a sentir años después, saliendo de la pandemia de Covid-19, cuando decidió abrir su historia en redes sociales. “Empecé a subir contenido y fue explosivo. La clave es ser auténtico y también mostrar que no todo es perfecto. Yo muestro lo bonito, pero también mis días de mierda. Entonces la gente se identifica, empatiza con eso. Hay mucha interacción, yo los ayudo, ellos me ayudan. Es un feedback súper positivo de gente que en el fondo es tu comunidad, que te empieza a querer”. 

Fue también un espacio que Demaría supo rentabilizar. Se acercaron marcas, con las cuales él graba reels que sube a su cuenta, mostrando los productos. “Claro que no cualquier marca. Soy súper meticuloso en eso. Lo hago con marcas que me hagan sentido, que ayuden a las personas, que no las dañen, y que además yo utilizaría en mi vida diaria. Jamás aceptaría, por ejemplo, hacer algo con los casinos online, a pesar de que pagan una fortuna y que me envían diez correos a la semana”.

“Lo pasé mal, pero no me rendí”

La vitrina de las redes sociales funcionó también para las charlas motivacionales. Calcula que hace alrededor de 10 al año, “y no quiero hacer más que eso, porque si no uno se chacrea”. Se orientan principalmente a los trabajadores o a los clientes de las empresas. “Una vez hice una para una clínica: para sus kinesiólogos y sus pacientes”, detalla. La que dio en agosto pasado para TEDxVitacura fue transmitida por Canal 13. 

Reconoce que, pese al número de charlas realizadas, aún se pone nervioso. “Pero me gusta ese nervio, es como el que sentía antes de largar en moto, una adrenalina muy rica”. Las charlas de este tipo, agrega, pueden costar en promedio 2,5 millones de pesos.

“Tengo dos tipos de charla -explica-. Están las que hago yo solo, que son la mayoría, donde hablo 20 minutos de mi historia y después se abre una media hora a las preguntas del público. Y hay otras que hago junto con mi viejo… Nos dimos cuenta de que el testimonio mío es una cosa, pero el testimonio de un papá que tuvo que enfrentar el accidente de un hijo y seis meses después la muerte de otro es muy potente también. Se complementan”.

Nano Demaria tenía un hermano nueve años mayor, Pablo. Sufría una enfermedad irreversible y progresiva: fibrosis quística. Le habían dado una expectativa de vida de 14 años, pero vivió 30. “Para mí, Pablo será siempre un referente. Tenía una enfermedad que cada día que pasaba era un día menos para él, y nunca lo escuché quejarse. Pasaba de repente dos o tres meses al año hospitalizado en la clínica, pero trataba de hacer una vida bastante normal. Cuando pasó mi accidente, Pablo con todas sus dificultades respiratorias igual me ayudaba a subir al auto, me bajaba, hacía todo aunque él estuviera usando oxígeno”. Hace una pausa, pero no se quiebra. “Pablo me da la motivación. En cada una de mis charlas pienso en él”.

-En una familia pequeña como la tuya, que los dos hijos se vieran enfrentados a situaciones tan difíciles… ¿es mala suerte?, ¿encuentran algún sentido?

-Somos más de ver las cosas positivas que las negativas. A Pablo le habían dicho que viviría 14 años, y fueron 30. Cuando murió estábamos hechos mierda, pero pudimos tenerlo con nosotros más años. Yo estuve grave, pero no me morí. Así nos enfocamos en las cosas positivas. Lo de mi accidente ya no es tema para la familia.

- ¿Les has preguntado a tus padres qué significó para ellos tu accidente?
- Lo he pensado, pero no me he atrevido a preguntarles…

- ¿Y para ti?, ¿cómo lo entiendes?
- Fue un golpe muy, muy, muy duro. Fue un freno de mano a todo lo que había pensado hasta entonces, dedicarme a las motos, estar en otro país… y no fue así sólo para mí, sino también para todo mi círculo cercano, mi familia, mis amigos. Repiensas todo. Le tomas el sentido a las cosas más cotidianas, que muchas veces uno da por hecho y no disfrutas. Eres consciente de que las cosas no son para siempre, que en cualquier minuto pueden cambiar. 

"Fue un golpe muy, muy, muy duro. Fue un freno de mano a todo lo que había pensado hasta entonces, dedicarme a las motos, estar en otro país… y no fue así sólo para mí, sino también para todo mi círculo cercano, mi familia, mis amigos. Repiensas todo".

- Cuando te caíste ese día en Talca y quedaste en el suelo, ¿pensaste algo?
- Yo me caí y quedé inconsciente. Desperté 25 minutos después, rodeado de paramédicos, con el helicóptero llegando. Un paramédico me tomó la mano, la levantó y me dijo: “Trata de mantenerla arriba”. Pero se me caía. Ahí caché que era grave. Sentía además dolor en el cuello. Pero la verdad es que no pensé en nada. Cuando después de las operaciones me dijeron que tenía tetraplejia C5, no tenía idea qué era. “No vas a poder mover el cuerpo, no vas a poder hacer nada”, me dijeron. Pero yo no escuché.

-¿No escuchaste?
-No acepté que no iba a poder hacer nada, como decían los médicos… El deporte te da esa cabeza fría, te enseña a levantarte y hacer las cosas como sea, a ser disciplinado. Obviamente lo pasé muy mal, pero no me rendí. Siempre quise ir por más. En la rehabilitación me empecé a poner pequeñas metas día a día y las iba cumpliendo. Eso me mantenía motivado. Contacté a personas que habían tenido la misma lesión y habían hecho su vida; eso fue muy importante porque te da esperanza. Y estaba el apoyo de mi familia y amigos, que nunca me dejaron un momento solo. Eso fue clave, porque cuando uno está solo empieza a pensar leseras. 

Nano Demaria aspira su cigarro electrónico. Mueve un poco los brazos. Y retoma: “¿Pero sabes? No tengo ningún rencor por lo que me pasó, no me pregunto por qué me ocurrió a mí. No es algo que me gustaría haber vivido, tampoco se lo doy a nadie, pero ya está. Estoy bien. Tuve la suerte de contar con una red de apoyo gigante, con mis papás siempre y con una familia que tiene las lucas para poder enfrentar algo así”.

“Que sea obsesivo, testarudo”

Se las ha arreglado para seguir haciendo deporte, porque es algo que está en su ADN. Lo oxigena. Después del accidente, reconoce, buscaba disciplinas con más adrenalina y riesgo, como buggy o paracaidismo. “Estaba medio loquito, por decirlo de alguna manera. Hoy estoy más maduro”, señala. En todo caso, este verano estuvo practicando esquí en agua en el lago Puyehue, donde su padre tiene un campo.

“Eso debo hacerlo acompañado, porque si me caigo al agua no puedo darme vuelta y me ahogo. Así que a mi lado siempre va el Richi, que es mi partner e instructor. En las últimas semanas logramos que me soltara más. Eso es un gran avance. Yo el equilibrio lo tengo, pero debo hacerlo sólo con la cabeza y las manos para todo el cuerpo”, explica. “Al agua le tengo respeto, desde que hace diez años me metí a bucear después del accidente. El instructor no cachaba mucho y yo me empecé a quedar sin oxígeno, a diez metros de profundidad. Yo no podía hacerle señales. Por suerte mi viejo se dio cuenta y me ayudó. Desde ahí quedé con miedo al agua. Pero enfrento harto mis miedos”.

Lo entusiasma el ping pong, dice, porque es un deporte que puede hacer solo y sin riesgos. En su Instagram ha subido videos jugando, con la paleta amarrada a una de sus manos. Le gustaría, incluso, entrenarse para alcanzar un nivel de competencia. 

-El deporte está muy presente en tu vida. No sólo lo practicas, sino que organizas eventos deportivos. ¿Podría llegar el momento en que tendrías que optar entre eso y las charlas?

-Todavía no pasa eso, pero podría pasar… Lo he pensado, y creo que en esa situación optaría por ser charlista a tiempo completo. Tomaría ese camino. Lo de los eventos me encanta, pero es algo que armó mi padre. Las charlas, en cambio, es algo que hice yo desde cero. Me gustan mucho y quiero internacionalizarlas. 

- Una última duda: si pudieras viajar en el tiempo hacia atrás, ¿qué le dirías a ese Nano accidentado, recién rehabilitándose?

- Primero lo felicitaría, porque creo que lo hizo bastante bien, dadas las circunstancias. Le diría también que esos primeros dos o tres años no tiene que sentir vergüenza, porque él no eligió esa situación. Y le diría que no se ponga límites, que no escuche las cosas negativas, que se arriesgue. Que sea obsesivo, testarudo, porque las metas se persiguen hasta cumplirlas. 

Y entonces, una vez más, Nano Demaria vuelve al deporte, que es como el aire que le entra a los pulmones, su elemento vital: “Es medio contradictorio, pero yo le agradezco al deporte. Es cierto que fue el deporte el que me dejó en silla de ruedas, pero también fue el que me ayudó a salir después del tema, porque ya me había enseñado a seguir adelante aunque uno fuera cagado de frío, mojado, solo”.

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