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Tom Ginsburg: “La vieja constitución está muerta, pero la nueva aún no nace”

Tom Ginsburg: “La vieja constitución está muerta, pero la nueva aún no nace”

El profesor de la Universidad de Chicago, experto en procesos constitucionales, advierte que Chile podría arriesgar un nuevo estallido si, por buscar una reforma “con gran fanfarria”, sacrifica implementar los cambios necesarios.

Por: Marcela Vélez-Plickert | Publicado: Sábado 8 de octubre de 2022 a las 04:00
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Tom Ginsburg sigue desde hace más de una década las negociaciones y demandas para una reforma constitucional en Chile. Autor de cinco libros y editor de otros 24 sobre constitucionalismo y democracia, el profesor de la Universidad de Chicago es uno de los referentes modernos en la discusión sobre “el nacimiento y muerte” de las cartas magnas.
  
Desde noviembre 2019, cuando se anunció el acuerdo para una reforma constitucional, Ginsburg se declaró partidario de un proceso que prometía marcar varios hitos. Una reforma constitucional exigida por la ciudadanía, en democracia, con paridad y con una participación limitada de los políticos.
  
Desde Chicago Ginsburg advierte que este proceso, de no concretarse, podría tener graves consecuencias para la estabilidad del país.
  
-¿Cuál es su visión ahora cuando los políticos vuelven a negociar una nueva vía de reforma?
-He dicho lo mismo desde el principio, desde noviembre 2019, cuando finalmente anunciaron el proceso. Entonces señalé que realmente me parecían positivos los escaños especiales para los indígenas y la paridad de género.
 
Pero lo que no entendí -y ahora que he visto todo el proceso sigo sin entender- es esta idea de que votaran artículo por artículo a la vez y necesitaran dos tercios de los votos para aprobarlos. Siempre me pareció una forma muy extraña de organizar la Convención. Creo que fue una mala idea, y que el resultado lo demostró.
 
-¿No contribuyó esa sensación de caos que se generó alrededor de la Convención?
-Bueno, creo que esas cosas están relacionadas. Así es que hay dos grandes errores de procedimiento. En primer lugar, la forma en que se permitió la participación de los independientes. Fue muy extraño. Por supuesto que los independientes deben tener derecho a estar ahí y participar, pero esa ausencia de listas y agrupaciones significaba que tenían mucha independencia, más de lo que normalmente querrías en un proceso como este. 
 
Cuando tienes tanta independencia, por definición tienes problemas de agregación de preferencias. Cada uno llega con preferencias muy fuertes en un tema determinado. Los independientes no tienen experiencia y no están acostumbrados a hacer los intercambios y las complicadas negociaciones que requiere cualquier tipo de proceso legislativo colectivo. Así es que esa es tal vez una de las razones por la que la Convención quizás no reflejó el centro de Chile.
 

El modelo de Brasil

-Hablemos de los dos tercios. Si entiendo bien, el problema es que se usó artículo por artículo…
-Sí, me pareció una locura y sigo pensando que es una locura porque las constituciones no son solo una serie de votos individuales. Tendrían que haber trabajado en comités que tomaran decisiones por mayoría, en varios artículos, por secciones de una vez, y luego enviar el texto al pleno para los dos tercios.
 
Una constitución es un complejo conjunto de disposiciones que se interrelacionan entre sí y que tienen que ser negociadas, si no como un paquete completo, al menos en grandes grupos.
 
-Una de las críticas fue a la calidad del texto presentado...
-El primer borrador tenía un montón de disposiciones contradictorias. Eso dificultó el trabajo. Pero, de nuevo, todo eso es resultado de errores de procedimiento.
 
-¿Hubo algún otro error o sorpresa en este proceso?
-También pensé que la derecha tendría una minoría de bloqueo. Es decir, permitirían que muchas votaciones avanzaran, pero luego tendrían algún veto en la votación al final. Pensé que actuarían estratégicamente. Pero, por supuesto, la derecha no tuvo una minoría de bloqueo, y en cambio, supongo que me sorprendió en cierto modo que no hubiera mucha estrategia. Como dijiste, todo fue muy caótico.
 
-¿Qué debería hacerse diferente, si pudiésemos comenzar de nuevo?
-Si fueran a empezar de nuevo, y quisieran tener una votación de dos tercios, debería ser al final. En su lugar, deberían tener comités que se ocuparan de las principales áreas de manera coherente y luego combinar cada texto en uno solo al final.
 
-Si no me equivoco, ese fue el modelo que siguió Brasil en 1988.
-Sí, exactamente. En casi todos los procesos constitucionales se trabaja en comités que se ocupan de secciones enteras de la constitución. Es simplemente la naturaleza del proceso, porque es muy complejo.
 
Brasil, por supuesto, es un proceso de reforma muy famoso porque había muchas demandas y finalmente la constitución terminó con muchas disposiciones. Tuvieron un complejo proceso de negociación dirigido por Ulysses Guimarães. Pero, ojo, eran políticos, eran legisladores. Sabían cómo trabajar entre diferentes posiciones. Cómo llegar a compromisos.
 
-Entonces el problema fue que se dejó a un lado a los políticos…
-Creo que eso fue una gran parte del problema. Todo el mundo odia a los partidos políticos en todas partes. Quiero decir, ese es el momento en que estamos. Pero al final del día necesitas a los partidos. Necesitas a los políticos para comprometerse y negociar. Esa es su labor. En eso son los expertos. No puedes evitar a los políticos. Creo que esta es la lección que hemos aprendido en muchos países. Sí, podemos intentar conseguir una mayor participación ciudadana. Sí, puedes intentar que el proceso sea transparente. Pero no puedes evitar a los políticos por completo. Cada vez que se intenta hacer eso, se producen problemas.
 
-Pero en la Convención hubo políticos…
-La Convención no evitó por completo a los políticos, pero existía ese estado de ánimo antipartidista, que creo contribuyó a la incoherencia del proyecto. Y al final del día, el público chileno habló muy claramente, más claramente de lo que yo esperaba. Fue una derrota abrumadora.
 
-Uno de los libros que publicó como editor lleva el título Cómo mueren las constituciones. ¿Está muerta la Constitución chilena? ¿Es necesaria una nueva?
-Todos mis amigos en Chile dicen que la vieja Constitución está muerta, por lo que debe haber algún proceso. Pero, para ser honesto, no veo muy bien cómo la nueva va a salir adelante debido a las posturas que vemos de los políticos. Creo que hasta la UDI ha dicho estar de acuerdo en que se necesita una nueva Constitución, pero seamos francos, la derecha no va a dejar que sea Gabriel Boric quien presente una nueva Constitución y la presente como su gran éxito. No sé exactamente cuál es la estrategia política, pero no veo muy bien cómo estas fuerzas pueden alinearse y cooperar.
 
-Pero ya alcanzaron un acuerdo una vez, ¿no podría repetirse? El voto del plebiscito de salida se interpretó como “queremos una nueva Constitución, pero no esta que presentó la Convención”.
-Por supuesto que podrían llegar a un acuerdo. Todo el mundo sabe más o menos qué forma podría tener un compromiso que sería votado y aprobado por el público chileno y que cumpliría con las necesidades políticas de todas las partes. Aunque creo que la esencia de ese compromiso es posible, no estoy seguro de cómo va a funcionar el proceso debido a la política.
  
Con un presidente de izquierda, la derecha se siente reivindicada por la fuerza de ese voto del plebiscito de salida. No veo por qué querrían dejarle la victoria de una nueva Constitución a menos que ceda completamente en la sustancia del texto.
 

Jugar con fuego

-¿No se corre el riesgo de una parálisis?
-Sí, exactamente. Tengo que reconocer que lo digo desde fuera. No soy chileno, pero creo que lo que deberían hacer es continuar con el proceso de reformas a través de enmiendas constitucionales, según el procedimiento que ya está contemplado a través del Congreso. Se podrían implementar las principales buenas ideas que surgieron del proceso, como más derechos para los pueblos indígenas y la paridad de género, más descentralización y tener más protecciones medioambientales. Podrían hacer todo eso sin cambiar el sistema de gobierno. Podrían hacer todas esas reformas a través del proceso ordinario de enmienda constitucional sin hacer una gran fanfarria.
 
-El problema de eso es que el cambio constitucional tiene una carga simbólica. Lo que se busca es terminar con “la Constitución de Pinochet”, aunque de ella quede casi nada en el texto vigente.
-Sí, pero este es el tercer intento de reforma en una década. Todos mis amigos en Chile dicen “estás loco, nadie va aceptar la idea de hacer enmiendas”. Pero, me pregunto: ¿Por qué no?
 
Es verdad que hay un componente simbólico, pero también hay problemas que la gente quiere ver resueltos y para mí es importante ocuparse de ellos, más que del simbolismo”.
 
-Lograr reformas y no fijarnos en qué año se firmó la Constitución…
-Me pregunto si toda esta idea de “oh, no podemos vivir bajo la Constitución de 1980, el fruto de la vida envenenada”, como la llamé en un artículo, no esté frenando sacar adelante conseguir reformas necesarias y que son posibles de implementar.
 
-Hay un dicho que me gusta repetir: “Lo ideal es enemigo de lo bueno”.
-Sí, a través del proceso de enmienda puedes lograr cambios. Lanzar otro enorme proceso podría retrasarlos. Creo que eso es jugar con fuego. Pero, claro, es una visión de forastero, porque nadie de mis contactos en Chile está de acuerdo conmigo.
 
-¿Cuándo dice “jugar con fuego”, es el riesgo de un nuevo “estallido” por la falta de reformas?
-Exactamente. Absolutamente. Ese es mi miedo. ¿Qué pasa si el nuevo proceso fracasa? Ahora, tal vez estoy equivocado y tal vez los partidos tienen intenciones sinceras y lograrán un acuerdo y todo funcionará bien y no habrá problemas.
 
-Para ello cada parte debe ceder y entender que el voto del plebiscito de salida lo que revela es que la mayoría quiere una postura de centro.
-Exactamente.
 
-Pero lo que vemos es a partidos de izquierda insistiendo en seguir un modelo de proceso que ya fracasó.
-Estoy de acuerdo con lo que acabas de decir, y creo que es una estrategia arriesgada para la izquierda. El gobierno necesita ganancias que pueda mostrar y debe entender que no podrá satisfacer a toda la izquierda, pero sí podrían satisfacer al menos a la centro-izquierda, a los socialistas y al resto. Pero eso va a requerir ceder en algunas cosas importantes.
 

Identidad e inflación

-¿Hay algún país que haya salido bien de un proceso fallido?
-Sí, hay muchos. Kenia, a principio de los 2000. El proceso fue capturado en el último minuto por algunos políticos, y los votantes lo rechazaron. Luego hubo violencia, y después tuvieron una nueva ronda de la reforma constitucional que tuvo éxito.
  
Islandia después de la Gran Crisis Financiera, por supuesto. También trataron de ignorar a los políticos, pero éstos continuaron teniendo una especio de veto y pudieron bloquear el proceso. No hubo cambios, pero Islandia está bien, el país sigue adelante. No siempre se necesita una nueva constitución. Pero ellos no tuvieron la misma crisis simbólica, si se quiere. Lo que está pasando realmente en Chile es una crisis de identidad constitucional.
 
-¿En qué consiste esta crisis?
-Es un concepto académico, pero ya sabemos que la Constitución habla de las preocupaciones del pueblo, de la identidad nacional, de quiénes somos. En este caso, muchos dirán que la Constitución actual estableció una identidad de Chile como un país excepcional en América Latina, que favorece la ley y el orden y los mercados neoliberales. Y eso fue más o menos lo que hizo. Chile ha sido un país estable en una región que a menudo no lo es.
  
El proyecto de Constitución que acaba de ser rechazado tenía una identidad muy diferente. Era la identidad de un país progresista, redistributivo, ecologista, y aparentemente eso no funcionó. Esa identidad no encajaba realmente con el votante chileno medio que ahora está cada vez más preocupado por la inflación y los problemas del día a día. Así que no sé, creo que es bueno tratar de producir una nueva Constitución para que Chile pueda decidir cuál es su identidad.
 
-Debe estar en medio de esos dos proyectos.
-Estoy de acuerdo, y eso significa que ahora mismo, en este momento, Chile tiene una crisis de identidad constitucional. La crisis es que la Constitución vieja está muerta, pero la nueva aún no ha nacido; y no sé qué tan interesada está la gente hoy en hablar de ello.
 
-El país debe estar cansado. Son ya tres años.
-Son más, son al menos 10 años desde que se puso a discusión deshacerse de este fruto de la vida envenenada; y sin embargo aún no han sido capaz de hacerlo.
 
-¿Sería una solución revivir el proyecto de Constitución que se redactó al final del gobierno de Michelle Bachelet?
-Sí, creo que no fue un mal borrador. Quiero decir, lo leí, y en su momento no me pareció una locura. En noviembre 2019, seguramente la derecha se arrepintió de no haber cooperado con esa reforma. Quizás el estallido social no habría ocurrido si se hubiese llevado adelante.
 
Si fueran a desempolvar ese proyecto, y sumarle algunos cambios, sería tal vez una buena idea. La razón es que ese texto fue el producto, no del Partido Socialista y o de la UDI, fue un proyecto centrista.
 
-¿El espectro político se ha movido tanto a la izquierda, que ahora las ideas de Bachelet quedan en el centro?
-Correcto, y ese es probablemente el estado de ánimo de los chilenos. Así que creo que sería una gran idea. Pero no sé si es políticamente viable.
  
-¿No sería viable que los partidos políticos, de lado y lado, quieran darle ese punto a Bachelet?
-Sí, exactamente. Pero ese fue un proceso donde participaron muchos tecnócratas, estuvo involucrada gente muy inteligente. Podría servir como una buena base. 

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