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Cultura

Luis Poirot: “Me pongo nervioso cada vez que voy a fotografiar a alguien"

Luis Poirot: “Me pongo nervioso cada vez que voy a fotografiar a alguien"

Con esta nueva exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes, en la que retrata a una treintena de fotógrafos y fotógrafas, Poirot celebra 60 años tras el lente. Jubilarse está descartado, asegura. Cuenta que hace unos meses estuvo cerca de perder la vista de su “ojo bueno”, luego que hace más de 20 años un cáncer le hiciera peligrar el otro: “Si Beethoven estaba sordo y compuso la Novena Sinfonía, ¿cómo yo no voy a ser capaz de hacer una foto?”. Todavía en recuperación, el artista tiene muchos planes para este año. Uno de ellos será el estreno de El último testigo, documental sobre su trabajo y para el cual Los Bunkers compondrán música original.

Por: Sofía García-Huidobro - Foto: Verónica Órtiz | Publicado: Viernes 22 de marzo de 2024 a las 12:13
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Es martes por la tarde y al día siguiente a mediodía se inaugura El oficio de la imagen. Luis Poirot circula por la sala donde ya están montados los más de 30 retratos de los fotógrafos y fotógrafas, realizados desde mediados de los años ‘60, en Chile, Bélgica, Estados Unidos, Francia y España, hasta hoy; y que seleccionó para esta exposición que se puede visitar en la Sala Chile del Museo Nacional de Bellas Artes. Pendiente de cada detalle, le preocupa que aún no esté montada la iluminación para la muestra.

Erich Bertens, Claudio Bertoni, Agustín Centelles, Julio Donoso, Roberto Edwards, Graciela Iturbide, Alfredo Jaar, André Kertész, Fernanda Larraín, Sergio Larraín, Susan Meiselas, son algunos de los retratos en blanco y negro, ampliados en sistema análogo, y acompañados de un comentario personal de Poirot.

Junto a la fotografía de Roberto Edwards: “Fotógrafo, editor y el único mecenas que hemos tenido en Chile”. Al lado de André Kertész: “Le pedí permiso para hacerle un retrato y accedió con un suspiro de nostalgia al ver la cámara que ya sus manos no podían sostener”. Estas imágenes, cuenta, junto a los textos en su extensión total serán también un libro que pronto publicará editorial LOM.

Desde el fondo de la sala se escucha su voz. Detrás de un telón se proyecta un video donde el fotógrafo se explaya sobre qué es para él un retrato: “el encuentro entre dos voluntades”, describe una escena fotografiando a Raúl Ruiz y rememora una conversación que tuvo con Henri Cartier-Bresson escogiendo un retrato de Pablo Neruda, en la cual aprendió el equivalente a un doctorado, afirma.

“Listo, ahí están todas las respuestas”, dice riendo antes de empezar la entrevista. Luego invita a bajar al hall del museo, para no seguir escuchándose en un loop.

Poirot tiene 83 años y cumple seis décadas como fotógrafo. Antes estudió Teatro y ejerció como actor y director en las compañías de teatro de la Universidad de Chile, Ictus y del Alma.

De esa época salieron algunas de sus primeras y más emblemáticas fotos: los retratos de Víctor Jara, de Salvador Allende, La Moneda recién bombardeada tras el Golpe y la que muestra a sus amigos Víctor Jara, Sergio Zapata, Bruna Contreras y Alejandro Sieveking, riendo sentados en un banco del Parque Forestal, precisamente a un costado del Bellas Artes.

¿Qué hace que una foto sea icónica? “Por cierto que uno no saca una foto pensando que sea icónica, eso lo logra la Historia y la capacidad de transmitir alguna emoción”, afirma el artista. Recalca la emoción, porque de eso se trata todo, sostiene: “Si a ti una de estas fotos te hizo conectar con una emoción, la exposición ya cumplió mi objetivo. Las exposiciones no tienen más lógica que la emoción, y hoy, cuando vi el montaje terminado, sentí que había una carga emocional en el aire”.

Sergio Larraín por Poirot

Encuentro y memoria

“El retrato es un encuentro entre dos voluntades”, arranca, como en el vídeo. “Y de repente, en ese encuentro algo evoluciona, algo se produce. Otras veces no pasa nada y no hay retrato. Sólo hay una foto. No es lo mismo. El retrato es algo que apareció en los ojos, algo que me comunicó o me trató de comunicar la persona o que yo le comuniqué a ella. Algo especial que se produjo en ese momento. Es muy difícil de definir, porque en la literatura tú tampoco puedes definir qué es un retrato. Puedes describir a una persona, pero eso no necesariamente es un retrato”.

- ¿Es como la química? A veces hay personas con las que uno puede tener mucho en común y con las que no sucede nada. Y viceversa.
- Claro, pueden ser personas inteligentes pero que te aburren mortalmente. O simplemente no pasa nada. Puede ser que tú no estabas en ese momento sintonizado. Tiene que ver con el momento. A mí me ha pasado que no estoy en mi día y entonces más vale guardar los fierros e irme para la casa. Tiene que haber un afecto, un cariño, un interés por el otro ser humano.

- Al momento de tomar un retrato, ¿siempre hay una conversación previa, una atmósfera o a veces va directo al grano?
- Rara vez voy directo al grano, soy lento. Me carga forzar las situaciones. No soy un fotógrafo de calle, un paparazzi que anda fotografiando las cosas inesperadas en la calle. Traté de hacerlo, pero no sirvo para eso. Entonces hay que tener noción de las limitaciones de uno. Lo mío surge de la complicidad. En el caso de los retratos a los fotógrafos, si yo logro que alguien se olvide de la cámara fotográfica y que sólo esté presente, funciona. Que seamos dos seres humanos interesándonos en lo que pasa con el otro.

En su experiencia, dice, las personas cuanto más relevantes son, menos cuesta acceder a ellas. Quizás porque ya no sienten esa inseguridad de tener que validarse frente al resto. Cita el encuentro que tuvo con André Kertész, destacado fotógrafo húngaro, en Arlés, el año 1979.

“Fue en una feria de fotografía en este pueblo del sur de Francia. Entonces lo vi sentado solo en una mesa y me acerqué: ´Señor Kertész, ¿a usted le importaría que le tome una foto?’ Me dijo: ‘Siéntese, tome un café conmigo’, y comenzamos a hablar del peso de las máquinas fotográficas. Él miraba con admiración mi cámara. Yo sabía que él había tenido una así, pero ya con la edad no podía usarla. En ese momento me pareció ridículo. Hoy día le encuentro razón. Ya tengo 83 años, hay cámaras que no puedo acarrear. Hay cerros que no puedo subir, pero no importa, porque los subí a los 30”.

Esta exposición, aclara, no es para nada un catastro de los más importantes fotógrafos y fotógrafas. Son sencillamente aquellos con los que él conectó de alguna manera, que le gustan, admira o quiere.

“Había incluido a dos que me caían mal y había escrito unos textos muy venenosos. Entonces, mi amigo Miguel Ángel Larrea, que ha sido el productor del montaje, me dijo ‘para qué te vas a hacer unos cuantos enemigos más de los que ya tienes. Mejor los dejas fuera’. Le hizo caso.

Cuando Poirot revisa sus archivos fotográficos se encuentra con muchos retratados que ya no están vivos. A veces, confiesa, incluso debe dejar de trabajar porque las emociones son muy fuertes. ¿Es la fotografía una manera de mantener vivos a los muertos? “Los familiares de detenidos desaparecidos dicen ‘estas personas existen porque aquí está esta foto’. Porque hay que recordar que incluso les negaron su existencia. Y ellos imprimieron una foto, una foto de carnet, cualquiera que hubiera, diciendo: ‘Este es un certificado de presencia. Este ser humano existió’”.

Casi ciego

En 2001 casi pierde el ojo izquierdo por un cáncer al lagrimal. Lo salvó tras una operación en Estados Unidos en la que le instalaron una placa de titanio en el rostro. En diciembre del año pasado, cuenta, casi pierde su ojo “bueno”. “Un día, a finales de diciembre, desperté con el ojo derecho nublado. Tenía un glaucoma. Mi oculista estaba fuera de Santiago, pero me recomendó usar unas gotas. No pasó nada. Al tercer día hablé con él y me dijo: ‘Ven a verme el martes, pero si ya no te han hecho efecto estos medicamentos, yo creo que tu ojo está perdido. Estás ciego’. Plop. Imagínate para un fotógrafo”.

Cuando Poirot llegó a la cita médica había recuperado un poco la visión. Su doctor le dijo: “Mira, si fuera católico yo diría que esto es un milagro. Ese ojo médicamente lo vi perdido”. Además de haber sido responsable con el tratamiento, su recuperación sí tuvo algo de milagrosa. Cuenta que él nació el 13 de diciembre, día de Santa Lucía, patrona de los ciegos. Y cuando le falló la vista le pidió ayuda a su abuela Lucía, que murió hace muchos años, pero que siempre lo ha protegido.

Todavía está en recuperación eso sí, aplicándose gotas especiales tres veces al día y tomando un medicamento. “No me van a dar de alta hasta cuatro o cinco meses más, porque el ojo está todavía en recuperación, pero está sanando”.

- ¿Le asusta mucho la idea de dejar de sacar fotos?
- Me preocupa. Empecé a pensar “qué voy a hacer si pierdo la vista. Voy a escribir libros sobre fotografía, pero no sobre técnica, sino sobre el lenguaje. Voy a dictarle a alguien para que me lo escriban. Podría hacer clases, porque tengo buena memoria”. Hasta pensé en volver a dirigir teatro. Me acordé de los casos de fotógrafos, que ha habido varios, que han perdido la vista y cómo se las arreglaban.

- ¿Parar no es una opción?
- No. Si Beethoven estaba sordo y compuso la Novena Sinfonía, ¿cómo yo no voy a ser capaz de hacer una foto? De a poco empecé a tratar de sacar fotos. Las ampliaciones no las pude hacer yo, las hizo Fernanda (Larraín, fotógrafa y su pareja) porque para mí era peligroso entrar al laboratorio a revelar. En fotografía análoga se dice que el negativo es la partitura de la obra, donde están enunciadas todas las posibilidades, y la ampliación es la interpretación, la ejecución. Es como si tú fueras Beethoven y el que ejecuta es Arrau.

El año pasado fue muy intenso, porque con ocasión de los 50 años del Golpe de Estado sus fotos volvieron a ser protagónicas de ese momento histórico. No sólo las de La Moneda, que se expusieron en el municipio de París; junto a Larrea también montaron la muestra Víctor Jara. Dos miradas. 50 años en la Universidad de Chile.

Este año, además de inaugurar El oficio de la imagen y de lanzar la versión en libro, prepara una publicación con imágenes de Salvador Allende en la época de la Unidad Popular, muchas de ellas inéditas. Y piensa continuar retratando escritores, siguiendo con la serie El paisaje es el rostro, que ya ha expuesto. “Estoy probando y ensayando qué máquina puedo usar, por lo del ojo”.

En su horizonte no existe una pausa: “Yo me canso de no hacer nada. No sé tener vacaciones. Ni sabría lo que es estar jubilado”. Incluso durante la pandemia, cuando parte importante del mundo se detuvo, él se activó y comenzó a publicar su inmenso archivo fotográfico de retratos en su cuenta de Instagram @luispoirot. “También hice muchas clases online. ¿Si no qué hago? Es una necesidad, lo mío es la creación”.

El fotógrafo vuelve a la Sala Chile a revisar si ya están instalando las luces; nada aún. Eso lo tiene nervioso, comenta.

- Después de 60 años de carrera, y tantas exposiciones en el cuerpo, ¿todavía se pone nervioso?
- Absolutamente. Me pongo nervioso cada vez que voy a fotografiar a alguien. El día anterior generalmente soy intratable. Es como una cita a ciegas, no sé qué va a pasar. A veces es un fracaso y no pasa nada. Pero es bueno mantener algo de vértigo.

- ¿Es muy autoexigente?
-Digamos que soy regodeón.

Los Bunkers original para la película

Ya está en etapa de postproducción, cuenta Luis Poirot, el documental El último testigo, dirigido por el realizador catalán Francesc Relea.

Además de repasar su trabajo registrando la última campaña presidencial de Salvador Allende, el gobierno de la Unidad Popular, la visita de Fidel Castro a Chile, las movilizaciones sociales del momento y los días previos y posteriores al Golpe de Estado, también muestra al fotógrafo conversando con figuras como el cantante Joan Manuel Serrat, el cineasta Pablo Larraín, la escritora Isabel Allende y el Expresidente Ricardo Lagos, entre otros.

La cinta también cuenta cómo Poirot evitó que los militares eliminaran estos archivos fotográficos escondiendo sus negativos, distribuyéndolos entre amigos y familiares y, con la colaboración de la Embajada de Francia, consiguió camuflarlos y ponerlos a salvo.

El año pasado el documental echó a andar microfinanciación a través de la plataforma Kickstarter y lograron reunir los fondos. Hubo una etapa de premontaje en Chile y Relea vino en diciembre. La última etapa de montaje se realizó en Barcelona.

La semana pasada el fotógrafo recibió una copia con el montaje definitivo, cuenta. Ahora sólo falta la música. Estará a cargo de Los Bunkers. “Se supone que ahora a fin de mes se van a encerrar en un estudio a grabar la música, que será original para el documental. Ellos mismos quisieron hacer la música viendo la película”.

Gertrudis de Moses.

El libro que revive la obra del pintor chileno Eduardo Mena

Mena, a secas. Así lo llamaban sus conocidos y es el título del libro que recoge parte de la obra del pintor Eduardo Mena Concha y que acaba de lanzarse junto con una exposición en el Museo Municipal de Bellas Artes Palacio Baburizza, en Valparaíso. Aquí su hermano, el escritor y médico Beltrán Mena,  cuenta sobre la vida y obra del artista.

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