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Ex pasajero del Diamond Princess: "Mi esposa y yo ya soñamos con subirnos a nuestro próximo crucero"

Ex pasajero del Diamond Princess: "Mi esposa y yo ya soñamos con subirnos a nuestro próximo crucero"

Carl Goldman se embarcó junto a su esposa en el crucero que recorrería las costas de Asia. Sin embargo, un infectado generó que más de 800 personas terminaran contagiadas y con un largo aislamiento arriba del buque durante febrero, cuando se conocía muy poco del virus. Esta es su historia de cómo sobrevivió al Covid-19.

Por: Marcela Veléz-Plickert | Publicado: Domingo 31 de enero de 2021 a las 04:00
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"Desde hace 30 años soy propietario y director de la radio KHTS, en Santa Clarita California. Ese era mi trabajo diario. Ya no. Ahora es mi esposa, Jeri, quien además de cuidarme a mí y llevarme a citas médicas, también maneja la radio. Nuestras vidas cambiaron hace un año.

Se supone que el 4 de febrero 2020 desembarcaríamos en el puerto japonés de Yokohama, después de un crucero de dos semanas a bordo del Diamond Princess. Fue mi regalo de Navidad sorpresa para Jeri. Cuando recién salimos hacia Japón, el 17 de enero, nadie hablaba del virus.

Pero cuando aterrizamos en Tokio notamos que dos tercios de la gente usaba mascarillas y eso nos hizo prestar atención a lo que pasaba en China. Para entonces, no hay que olvidar, que China estaba entregando información falsa sobre la pandemia. Así que cuando abordamos el Diamond Princess, el Covid no era una preocupación.

El 1 de febrero, un pasajero chino, que había desembarcado en Hong Kong el quinto día, fue declarado oficialmente con Covid. Eso no lo supimos hasta el final de nuestro viaje. Tampoco sabíamos de qué se trataba esta enfermedad, ni lo contagioso que es el virus.

Nos dimos cuenta de que se trataba de algo grave cuando atracamos en Yokohama, tras haber permanecido un día extra en la costa. Para entonces personal médico japonés había abordado para tomarnos la temperatura. Apenas llegamos al puerto, nos dimos cuenta de que nos habían enviado a un sector aislado, había docenas y docenas de ambulancias, camiones militares, sirenas y cámaras de televisión. Era bastante aterrador.

Luego comenzaron a bajar a gente del barco, según daban positivo por Covid. Personas vestidas con trajes blancos, de esos que usan para materiales radioactivos, venían en busca de los pasajeros. Primero fueron 20, luego 40... 100... para cuando dejamos el barco días después unos 800, entre pasajeros y tripulantes, habían dado positivo.

Al cuarto día de la cuarentena, nos dimos cuenta de que muchas de las cosas sencillas que damos por sentadas se estaban agotando, como ropa limpia, papel comfort o desodorante. Como nuestra radio es conocida en Santa Clarita, usualmente publicamos sobre nuestros viajes cuando ya hemos regresado a casa. Pero esta vez decidimos documentar y publicar desde el Diamond Princess para desmentir cosas que se decían.

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Había gente posteando en Facebook o Instagram diciendo que estaban muriendo de hambre, que Princess estaba cobrando por todo, que estaban en celdas, y no era cierto. Sí, el primer día hubo problemas logísticos para entregar la comida en cada cabina, pero de todas formas tuvimos tres comidas, y los días subsiguientes teníamos más fruta de la que podíamos comer.

No digo que no fuera duro. Había familias de cuatro o cinco personas, con niños pequeños, encerrados en cabinas simples, algunas sin ventana. Nosotros tuvimos la suerte de estar en una suite con balcón, junto a la suite de nuestros amigos Jerri y Mark Jorgenssen, así que teníamos un poco más de espacio. Cada vez que nos lamentábamos de nuestra situación, recordábamos que comparado a otros nosotros estábamos en un castillo.

Las cosas cambiaron el 15 de febrero. Nuestra amiga Jerri tuvo fiebre y funcionarios japoneses le dieron una hora para empacar sus cosas. No dejaron que su esposo la acompañara. No lo sabíamos, pero entonces los hospitales de Yokohama y Tokio ya estaban a máxima capacidad, y trasladaron a Jerri a Fukushima, que queda como a tres horas. Ahí fue cuando todo se volvió personal. Nos dio miedo, fue muy deprimente. Además, sabíamos que había una gran posibilidad de que nosotros también diéramos positivo. Y así fue para mí.

El 17 de febrero, el Departamento de Estado envío dos aviones 747 a rescatarnos. Éramos unos 330 estadounidenses. Fuimos los primeros en ser rescatados por su país. Pero llegar al avión fue una odisea en sí mismo. Tomó toda la noche el desembarcarnos en medio de controles y seguridad. Luego nos pusieron en buses. Había gente enferma, gente vomitando, otros eran claustrofóbicos. Fue una pesadilla.

Cuando finalmente llegamos al avión ya era de mañana y me quedé dormido enseguida. Dos horas después desperté por la fiebre. Me pusieron en un sector de aislamiento dentro del mismo avión. Desperté ocho horas después cuando aterrizamos en Sacramento, California. Pero como desde ya antes de abordar el crucero había comenzado a mostrar síntomas de una enfermedad autoinmune, que creían era Guillain-Barre, me trasladaron junto a otros pasajeros al centro de biocontrol en Omaha, Nebraska. Pasé 29 días ahí, hasta que finalmente tuve tres días consecutivos de tests negativos.

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En ese tiempo sabían tan poco sobre el virus, ni siquiera se le llamaba Covid 19, los reportes decían que no tenías usar mascarillas, que el contagio era por la superficie y no el aire... Todo equivocado.

Nunca tuve un caso severo de Covid. No recibí ningún tratamiento. Pero desde entonces inicié un proceso de deterioro rápido. Comencé a perder mi habilidad de caminar, de escribir. Viendo hacia atrás me doy cuenta de que tuve períodos de confusión mental por tres o cuatro meses, similares a los que han reportado otros pacientes de Covid. Desde entonces tengo episodios de quedarme sin aire.

Me han hecho todos los exámenes posibles. La buena noticia es que no tengo nada, ni cáncer, ni esclerosis múltiple, ni Guillain-Barre. Los médicos lo llaman un enigma.

No puedo probarlo, pero estoy convencido de que el Covid es en parte responsable. Incluso hoy se sabe todavía tan poco sobre este coronavirus. Por eso la gente debería ser inteligente. Debería usar mascarillas, lavarse las manos, mantener el distanciamiento social.

Otra cosa importante es concentrarse en el presente. Sé que es difícil. Nosotros no hemos visto a nuestros nietos, de 2 y 6 años y que viven en Nueva York, desde hace 13 meses. Yo no puedo conducir, no puedo ir a comprar, ni siquiera puedo pasear al perro. Mi esposa, que es mi ángel y una súper mujer (tanto que nunca se ha contagiado de Covid), ahora se debe hacer cargo de todo.

Pero, aunque suene cliché, de verdad tratamos de hacer limonada con los limones que nos ha dado la vida. Parte de todo esto lo vemos como un regalo. Ciertamente estar en una silla de ruedas no es un regalo. Pero vivo en el día a día. No nos aferramos al pasado, y tratamos de no pensar mucho en el futuro.

Mi consejo para otros es que no se estresen. El estrés es probablemente lo que más contribuye a las enfermedades. Si alguien me lee, le diría que trate de ver esto como una oportunidad para reconectarse con sus familias, con proyectos que de otra forma no hubiesen emprendido o que han postergado por falta de tiempo. Las cuarentenas van a terminar. Ya sea en seis meses, en un año, en dos años, pero van a terminar. Mientras tanto, aprovechemos el tiempo.

Por ahora no planeo vacunarme, porque estoy pasando por tanto y quiero darle a mi cuerpo la oportunidad de sanar. Pero sospecho que el gobierno impondrá como condición para viajar el vacunarse. Y puesto a elegir entre no viajar y vacunarme, seguro tomaré la vacuna. Mi esposa y yo ya soñamos con subirnos a nuestro próximo crucero".

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