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Lecciones de Vida

Daniel Matamala, voluntario de la vacuna: "Ha sido muy emocionante ver cuántas personas se entusiasmaron"

Daniel Matamala, voluntario de la vacuna: "Ha sido muy emocionante ver cuántas personas se entusiasmaron"

"Ser voluntario es una pequeña oportunidad de sacar el trasero del sillón y hacer algo, aunque sea mínimo, para apoyar este gigantesco esfuerzo de la comunidad científica mundial. Poner el hombro (o el brazo, en rigor) para ayudar a perfeccionar estas vacunas", dice el relato que el periodista escribió en DF MAS.

Por: Daniel Matamala | Publicado: Sábado 26 de diciembre de 2020 a las 04:00
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Una de las mejores campañas de salud pública de 2020 se hizo en Alemania. En el video, un anciano del futuro recuerda en clave épica, con música de batalla e imágenes de emoción, cómo su generación enfrentó la gran crisis de su tiempo.

¿En qué consistió la hazaña de ese 2020? Ahí viene el corte, de la épica imaginada a la realidad. El deber requirió de ellos “no hacer nada, absolutamente nada", cuenta el hombre del futuro. "Estar día y noche tirados, con el trasero en casa, para combatir la pandemia", una lucha en la que "el frente de batalla fue el sofá; y el arma, la paciencia".

El spot, tan divertido como efectivo, muestra esa cierta impotencia en que hemos vivido todo este 2020. No hay una lucha épica que librar más que ensayar la contención y la empatía. Esperar con paciencia, cumpliendo protocolos de cuarentena, distanciamiento físico y uso de mascarilla, hasta que la ciencia nos dé las armas para empezar a darle la batalla al virus.

Me acordé del video alemán el viernes pasado, cuando llegué al hospital San José para participar como voluntario en la fase 3 de estudio de la vacuna de Oxford y Astrazeneca. Ser voluntario es una pequeña oportunidad de sacar el trasero del sillón y hacer algo, aunque sea mínimo, para apoyar este gigantesco esfuerzo de la comunidad científica mundial. Poner el hombro (o el brazo, en rigor) para ayudar a perfeccionar estas vacunas y a entender mejor sus efectos sobre una amplia capa de la población.

El proceso es sencillo, y conducido con gran amabilidad y profesionalismo por el equipo. Me inscribí, junto a mi mujer, llenando un simple formulario en línea. Luego nos llamaron por teléfono para hacernos ciertas preguntas básicas sobre condiciones de salud y entregarnos una cita para concurrir a vacunarnos.

Al llegar al lugar, el proceso dura poco más de dos horas. Me senté junto a una médica a leer el documento de consentimiento informado, que tiene unas 25 páginas con todos los detalles sobre el proceso y posibles efectos. Luego llené una detallada declaración de salud, fui sometido a un examen físico general, me sacaron una muestra de sangre y finalmente me inocularon un producto. A dos de cada tres voluntarios se les inyecta la vacuna; al tercio restante, el placebo. No sé cuál es mi caso: el proceso es aleatorio y de “doble ciego”, es decir, ni el voluntario ni el profesional a cargo del seguimiento saben quiénes recibieron vacuna y quiénes el placebo.

Y básicamente eso es todo. Descargué una aplicación en mi teléfono por la que se hace el segumiento de los participantes, y luego viene un calendario de chequeos vía remota con el médico a cargo, algunas tomas de sangre adicionales, y por cierto la segunda dosis de la vacuna, cuatro semanas después de la primera. El proceso de seguimiento de la salud de los participantes dura en total dos años.

Me entregaron una lista de posibles efectos secundarios en las horas posteriores a la inyección, que son similares a las que pueden ocurrir después de cualquier vacuna. Esa noche tuve dolor de cabeza y 38,2º de fiebre, que combatí con el paracetamol que me dieron precisamente para esa eventualidad. Reporté la fiebre, que desapareció después de algunas horas. Otros síntomas posibles, que no tuve, incluyen molestia en el brazo, escalofríos o dolores corporales.

En cada momento del estudio los profesionales recalcan que la participación es totalmente voluntaria, y que uno es libre de retirarse si así lo quiere. 

Tras contar que me había inscrito como voluntario, y escribir una columna sobre los antivacunas en La Tercera del domingo pasado, he pasado buena parte de esta semana recibiendo comentarios al respecto. La inmesa mayoría positivos, por cierto. Algunos conspiranoides, dando crédito a teorías delirantes. Y también muchos sobre legítimas dudas (¿por qué se logró una vacuna tan rápido?, ¿cómo funciona?, ¿qué tan segura es? ¿cuánto dura la inmunidad?). Recomiendo seguir cuentas de investigadores y divulgadores científicos, como Gabriel León (@gabotuitero), que responden de manera didáctica esas interrogantes.

Ha sido muy emocionante ver cuántas personas se entusiasmaron y decidieron también inscribirse como voluntarios. Sólo el ensayo de Oxford se conduce en 30 mil personas en todo el mundo; esta semana, el Hospital San José ya superó la barrera de los mil participantes inmunizados, y ya son miles los chilenos que están participando en diferentes ciudades y lugares, en los cuatro estudios en curso en nuestro país.

Si quieres inscribirte, la información está en el link: Ojo que cada estudio tiene sus propias características: algunos son sólo para personal de salud, otros para público en general, y hay restricciones de edad y estado de salud.

¿Por qué importa que los chilenos seamos parte de estos estudios? Porque este es un esfuerzo cooperativo mundial, pero también porque nos permite tener un acceso más expedito a esas vacunas una vez que son aprobadas, y además nos permite saber más sobre cómo estas reaccionan a las características de nuestra población.

Más importante aún: espero que la participación de voluntarios ayude a ir generando un movimiento positivo, de participación y esperanza, hacia la que será nuestra batalla de 2021: el esfuerzo por convencer a todos de que la vacunación es un acto de autocuidado, y al mismo tiempo de empatía hacia nuestros conciudadanos.

Ninguna vacuna es 100% efectiva; ninguna, tampoco, puede aplicarse al 100% de la población. Probablemente las inmunizaciones que estén disponibles en 2021 dejen sin cubrir a grupos como los niños, algunos enfermos crónicos y alérgicos severos. Los demás, los que sí podemos vacunarnos, debemos ser su muro de protección frente al Covid. La inmunidad de grupo nos permitirá, ojalá más temprano que tarde, retomar nuestras vidas y proteger a los que no pueden hacerlo por sí mismos.

Para eso hay que generar comunidad. Cada voluntario que cuenta su experiencia a sus amigos y familiares ayuda. A medida que comienzan a llegar las vacunas, cada inmunizado será un testimonio que dé confianza a su círculo cercano. En esta batalla todos ayudamos cada vez que evitamos difundir esa fake news que nos llegó por redes sociales, cada vez que elegimos compartir evidencia científica en vez de un meme conspiranoide en nuestros grupos de WhatsApp.

Es la épica de nuestro tiempo. Los científicos están haciendo el trabajo duro. En este 2021 que comienza, a nosotros nos toca una parte sencilla pero crucial: recibir un pinchazo y ejercitar la responsabilidad y la empatía con nuestros familiares y amigos. Es algo que recordaremos por el resto de nuestra vida.  

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